¿Cómo se inicia la afición a la lectura y posteriormente a escribir nuestros propios textos literarios? Este era el tema de la charla que tuve hace unos días con un buen amigo mío. Y él me contó la forma en que le sucedió.
De muy niño había tenido que ser ingresado en una clínica para someterse a una operación. ¿Qué tipo de operación? ¿Grave? ¿Leve?, bueno sea cual sea el motivo lo dejaremos como algo circunstancial.
Al llegar a la habitación, sus padres le dejaron en la mesilla, junto a la cama, unas manzanas chilenas y unas historietas de “Archie”. Aunque él no me lo dijo, supongo que su madre, al ver que se acercaba la hora en que tenían que abandonar el centro, le debía sugerir que leyera alguna. Y mi amigo así lo hizo y rápidamente se concentró en su lectura, riendo con las ocurrencias de los personajes.
Sus padres, discretamente le dijeron…adiós, que duermas bien hijo, no temas mañana regresaremos bien prontito para estar contigo. Pero mi amigo estaba tan enfrascado con la historieta que a buen seguro apenas oía lo dicho.
Al cerrarse la puerta de la habitación, fue cuando mi amigo fue consciente de lo ocurrido: sus padres se habían ido. Y empezó a mirar con temor aquellas blancas paredes que le rodeaban y, por primera vez, al niño que estaba tendido, como él, en la cama de al lado. Y sintió miedo, ese miedo incontrolable que sentimos cuando no encontramos una explicación plausible ante lo que nos rodea y no tenemos una mano amiga que nos sosiegue.
El niño de al lado, adivinó rápidamente lo que estaba ocurriendo. Y, bajando de su cama, se acercó a la de él.
-¿Qué te ocurre?, hasta hace poco estabas riendo con tus cómics.
¿Ya no quieres seguir leyéndolos? Si quieres yo te presto los míos.
Mi amigo no decía nada, solo le miraba fijamente.
-¿Te ha comido la lengua el gato?
Mi amigo solo atinó a balbucear: No, es que….
-¿Que? Vamos, no tengas miedo, me han dicho que aquí a los niños nos dan unas ricas galletitas si nos portamos bien y somos valientes.
-Yo tengo mis manzanas chilenas ¿quieres una?
Luego mi amigo, más tranquilo, tomó uno de los cómics que su compañero le brindaba. Y volvió a sumergirse en un mundo muy lejano, lejos de aquella habitación, de aquellas cuatro paredes. Su imaginación le llevaba a viajar a lugares recónditos, se enfrentaba a monstruos y villanos con singular firmeza y valor.
Cuando llegó la hora, se cerraron las luces de la habitación. Mi amigo, por un momento, volvió a sentir el temor que le había acechado antes. Y se revolvió en su cama.
- Recuerda…galletitas.
Si, galletitas para los niños valientes. Y él lo era y merecería ese trofeo.
A primera hora de la mañana, sus padres regresaron para estar con él antes de que lo llevaran a quirófano. En sus rostros se reflejaba que aquella noche, con su pequeño hijo fuera de casa, no habían podido dormir apenas. Pero en cuanto se acercaron a su cama y comprobaron que él aún dormía placidamente, una sonrisa se dibujo en su cara: su hijo era un valiente. Había superado con creces el temor a sentirse solo.
Mucho antes de ello, los enfermeros, con mucho sigilo, se habían llevado ya a su pequeño vecino a la sala de operaciones. Y, así fue que cuando vinieron a buscar a mi amigo, éste, se dio cuenta de que quizás no volverían a verse. Y, antes, de abandonar la habitación, tomó todos sus cómics y los puso junto a los de su amigo, junto con una manzana chilena.
Desde aquel día, mi amigo, aprendió que en la vida siempre tenemos algo en que refugiarnos, algo que, como aquel amigo, nos da la paz, el sosiego, que tantas veces necesitamos, o, la fuerza para enfrentarnos a cualquier situación: UN LIBRO.
Y con el tiempo, no tan solo se convirtió en un ávido lector, sino que supo plasmar sus vivencias, sus fantasías en nuevos textos. (Y yo, por fortuna, he podido leer algunos de ellos).
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